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Sistema mercantil totalitario







El esclavo moderno está convencido de que no existe alternativa a la organización del mundo presente. Se ha resignado a esta vida porque piensa que no puede haber otra. Es ahí en donde reside la fuerza de la dominación presente: hacer creer que este sistema que ha colonizado toda la superficie de la Tierra es el fin de la historia. Ha convencido a la clase dominada que adaptarse a su ideología equivale a adaptarse al mundo tal como es y tal como ha sido siempre. Proponer un cambio y difundir la idea de otro mundo se ha convertido en un crimen condenado al unísono por los medios y por todos los poderes. El criminal es en realidad aquel que contribuye, consciente o no, a la demencia de la organización social dominante. No hay locura más grande que la del sistema presente.

1. Esclavitud Voluntaria. La servidumbre moderna es una esclavitud voluntaria, consentida por la muchedumbre de esclavos que se arrastran por la faz de la tierra. Ellos mismos compran las mercancías que los esclavizan cada vez más. Ellos mismos procuran un trabajo cada vez más alienante que se les otorga si demuestran ser suficientemente obedientes y sumisos. Ellos mismos eligen los amos a quienes deberán servir. Para que esta tragedia absurda pueda tener lugar, ha sido necesario despojarlos de la conciencia de su explotación y de su alienación. He ahí la extraña modernidad de nuestra época. Al igual que los esclavos de la antigüedad, que los siervos de la Edad Media y que los obreros de las primeras revoluciones industriales, estamos hoy en día frente a una clase totalmente esclavizada. Ellos ignoran la rebelión, que debería ser la única reacción legitima de los explotados. Aceptan sin discutir la vida lamentable que se planeó para ellos. La renuncia y la resignación son la fuente de su desgracia. He ahí la pesadilla de los esclavos modernos que no aspiran sino a ser llevados por la danza macabra del sistema de la alienación. La opresión se moderniza expandiendo por todas partes las formas de mistificación que permiten ocultar su condición de esclavos. Mostrar la realidad tal como es y no tal como la presenta el poder, constituye la subversión más genuina.

2. Territorio y Vivienda. El urbanismo es esta toma de posesión del medio ambiente natural y humano por el capitalismo que, desarrollándose lógicamente como dominación absoluta, puede y debe ahora rehacer la totalidad del espacio como su propio decorado. A medida que construyen su mundo con la fuerza alienada de su trabajo, el decorado de este mundo se vuelve la cárcel donde tendrán que vivir. Un mundo sórdido, sin sabor ni olor, que lleva en sí la miseria del modo de producción dominante. Este decorado está en permanente construcción, nada en él es constante. La remodelación continua del espacio que nos rodea está justificada por la amnesia generalizada y la inseguridad con las que tienen que vivir sus habitantes. Se trata de cambiarlo todo a la imagen del sistema: el mundo se vuelve como una fábrica, cada vez más sucio y ruidoso. Cada parcela de este mundo es propiedad de un Estado o de un particular. Este robo social que es la apropiación exclusiva de la tierra se materializa en la omnipresencia de los muros, de las rejas, de las cercas, de las barreras y de las fronteras. Son las marcas visibles de esa separación que lo invade todo. Pero al mismo tiempo, la unificación del espacio, según los intereses de la cultura mercantil, es el gran objetivo de nuestra triste época. El mundo debe convertirse en una inmensa autopista, absolutamente eficiente, para facilitar el transporte de las mercancías. Todo obstáculo, natural o humano, debe ser destruido. La concentración inhumana de esa masa de esclavos es fiel reflejo de su vida: se asemeja a las jaulas, a las cárceles, a las cavernas. Pero a diferencia del esclavo o del prisionero, el explotado de la época moderna debe pagar por su jaula.

3. Mercancías. En este estrecho y lúgubre espacio en donde vive, el esclavo acumula las mercancías, que según los mensajes publicitarios omnipresentes, deberán traerle la felicidad y la plenitud. Pero entre más acumula mercancías, más se aleja de él la posibilidad de acceder un día a la felicidad. La mercancía, ideológica por esencia, despoja de su trabajo al que la produce y despoja de su vida al que la consume. En el sistema económico dominante, ya no es la demanda la que condiciona la oferta, sino la oferta la que determina la demanda. Es así como, de manera periódica, surgen nuevas necesidades consideradas vitales por la inmensa mayoría de la población: primero fue el radio, luego el carro, el televisor, el computador y el celular. Todas estas mercancías, distribuidas masivamente en un corto lapso de tiempo, modifican en profundidad las relaciones humanas: sirven por un lado para aislar a los hombres un poco más de sus semejantes y por otro, para difundir los mensajes dominantes del sistema.

4. Alimentación. Cuando se alimenta el esclavo moderno ilustra mejor el estado de decadencia en que se encuentra. Disponiendo cada vez de menos tiempo para preparar la comida que ingiere, se ve reducido a consumir a la carrera lo que la industria agroquímica produce. Erra por los supermercados en busca de los productos que la sociedad de la falsa abundancia consiente en darle. Su elección no es más que una ilusión. La abundancia de los productos alimentarios no disimula sino su degradación y su falsificación. No son otra cosa que organismos genéticamente modificados, una mezcla de colorantes y conservantes, de pesticidas, de hormonas y de otros tantos inventos de la modernidad. El placer inmediato es la regla del modo de alimentación dominante, así como la de todas las formas de consumo. Y las consecuencias que ilustran esta manera de alimentarse se ven por todas partes. Pero es frente a la indigencia de la mayoría que el hombre moderno se regocija de su posición y de su consumo frenético. Por tanto, la miseria está dondequiera que reine la sociedad mercantil totalitaria. La escasez es el revés de la moneda de la falsa abundancia. Aunque la producción agroquímica es suficiente para alimentar a la totalidad de la población, en un sistema que hace de la desigualdad un criterio de progreso, el hambre no deberá desaparecer jamás. La otra consecuencia de la falsa abundancia alimentaria es la multiplicación de las fábricas de concentración y el exterminio a gran escala de las especies que sirven para alimentar a los esclavos. Esta es la esencia misma del modo de producción dominante. La vida y la humanidad no resisten más ante el afán de lucro de unos cuantos.

5. Destrucción del Medio Ambiente. El pillaje de los recursos del planeta, la abundante producción de energía o de mercancías, los residuos y los desechos del consumo ostentoso hipotecan las posibilidades de supervivencia de nuestra tierra y de las especies que la pueblan. Pero para darle paso al capitalismo salvaje, el crecimiento no deberá parar jamás. Hay que producir, producir y volver a producir cada vez más. Son los mismos que contaminan quienes se presentan hoy en día como los salvadores del planeta. Esos personajes de la industria del espectáculo, patrocinados por las firmas multinacionales, intentan convencernos de que un simple cambio en nuestros hábitos bastará para evitar el desastre. Y mientras nos culpan, continúan contaminando sin cesar el medio ambiente y nuestro espíritu. Esas pobres tesis seudo-ecológicas son repetidas por todos los políticos corruptos que necesitan eslóganes publicitarios. Pero se cuidan bien de no proponer un cambio radical en el sistema de producción. Se trata, como siempre, de cambiar algunos detalles para que lo esencial siga siendo igual.

6. Trabajo. Para entrar en el círculo vicioso del consumo frenético, hay que tener dinero y para tenerlo, hay que trabajar, es decir, venderse. El sistema dominante ha hecho del trabajo su principal valor, y los esclavos deben trabajar cada vez más para pagar a crédito su vida miserable. Se agotan en el trabajo, pierden con él la mayor parte de su fuerza vital y tienen que soportar las peores humillaciones. Pasan toda su vida haciendo una actividad extenuante y molesta para el beneficio de unos cuantos. La invención del desempleo moderno tiene como propósito asustarlos y hacerles agradecer sin cesar la generosidad del poder. A medida que el sistema de producción coloniza todos los sectores de la vida, el esclavo moderno, no conforme con su servidumbre en el trabajo, sigue desperdiciando su tiempo en las actividades de esparcimiento y las vacaciones planificadas. Ningún momento de su vida escapa al dominio del sistema. Cada instante de su vida ha sido invadido. Es un esclavo de tiempo completo. Siempre apresurado por el cronómetro o el látigo, cada gesto de los esclavos está calculado a fin de aumentar la productividad. La organización científica del trabajo constituye la esencia misma de la desposesión de los trabajadores, del fruto de su trabajo y del tiempo que pasan en la producción automática de las mercancías o de los servicios. La actividad del trabajador se confunde con el de una máquina en las fábricas, o con el de un computador en las oficinas. De esta manera, a cada empleado se le asigna un trabajo repetitivo, ya sea intelectual o físico. Él es un especialista en su área de producción. Esta especialización se reproduce a escala planetaria en el marco de la división internacional del trabajo. Se concibe en Occidente, se produce en Asía, se muere en África.

7. Medicina Mercantil. La degradación generalizada de su medio ambiente, del aire que respira, y de la comida que consume; el stress de sus condiciones laborales y de la totalidad de su vida social son el origen de las nuevas enfermedades del esclavo moderno. Su condición servil es una enfermedad para la cual no existirá jamás ninguna medicina. Sólo la completa liberación de la condición en la que se encuentra, puede permitirle al esclavo moderno reponerse de su sufrimiento. La medicina occidental no conoce sino un remedio contra los males que sufren los esclavos modernos: la mutilación. Es a base de cirugías, de antibióticos o de quimioterapia que se trata a los pacientes de la medicina mercantil. Nunca se ataca el origen del mal sino sus consecuencias, porque la búsqueda de las causas nos conduciría inevitablemente a la condenación implacable de la organización social en su totalidad. Así como el sistema actual ha convertido cada elemento de nuestro mundo en una simple mercancía, también ha hecho de nuestro cuerpo una mercancía, un objeto de estudio y experimentación para los seudo-sabios de la medicina mercantil y de la biología molecular. Los amos del mundo ya están a punto de patentar todo lo viviente. La secuencia completa del ADN del genoma humano es el punto de partida de una nueva estrategia puesta en marcha por el poder. La decodificación genética no tiene otra finalidad que la de ampliar considerablemente las formas de dominación y de control.

8. Obediencia. La obediencia se ha convertido en la segunda naturaleza del esclavo moderno. Obedece sin saber por qué, simplemente porque sabe que tiene que obedecer. Obedecer, producir y consumir, he ahí el tríptico que domina su vida. Obedece a sus padres, a sus profesores y a sus patrones, a sus propietarios y a sus mercaderes. Obedece a la ley y a las fuerzas del orden, obedece a todos los poderes porque no sabe hacer otra cosa. No hay nada que lo asuste más que la desobediencia, porque la desobediencia es el riesgo, es el cambio. Así como el niño entra en pánico apenas pierde de vista a sus padres, el esclavo moderno se siente desorientado sin el poder que lo ha creado. Por eso, continúa obedeciendo. El miedo ha hecho de nosotros unos esclavos y nos mantiene en esa condición. Nos inclinamos ante los amos del mundo; aceptamos esta vida de humillaciones y de miseria, solamente por temor. Su fuerza no la obtienen de su policía sino de nuestro consentimiento.

9. Dinero. Como todos los seres oprimidos de la historia, el esclavo moderno necesita de su mística y de su dios para anestesiar el mal que le atormenta y el sufrimiento que le agobia. Pero este nuevo dios, a quien entregó su alma, no es más que la nada. Un trozo de papel, un número que tiene sentido solo porque todos han decidido dárselo. Es por este nuevo dios que estudia, trabaja, riñe y se vende. Es por este nuevo dios que ha abandonado sus valores y está dispuesto a hacer lo que sea. El esclavo moderno cree que entre más dinero posea más se librará de la coacción que lo sujeta. Como si la posesión fuera de la mano de la libertad. La liberación es una ascesis que proviene del dominio de sí mismo; un deseo y una voluntad de actuar. Está en el ser y no en el tener. Pero hay que decidirse a no servir ni obedecer más. Falta ser capaz de romper con unos hábitos que nadie, al parecer, osa poner en tela de juicio.

10. Imagen. Ante la devastación del mundo real, es necesario para el sistema colonizar la conciencia de los esclavos. Es por eso que el sistema dominante ha decidido enfocarse en la disuasión que, desde la más pequeña edad, cumple el papel preponderante en la formación de los esclavos. Ellos deben olvidar su condición servil, su prisión y su vida miserable. Basta con ver esa muchedumbre hipnótica, conectada a las pantallas que acompañan su vida cotidiana. Ellos disfrazan su insatisfacción permanente con el reflejo manipulado de una vida soñada, hecha de dinero, de gloria y de aventura. Pero sus sueños son tan lamentables como su vida miserable. Hay imágenes para todo y para todos. Esas imágenes llevan en sí el mensaje ideológico de la sociedad moderna y sirven de instrumento de unificación y de propaganda. Se multiplican a medida que el hombre es despojado de su mundo y de su vida. Es el niño el primer blanco de esas imágenes. Hay que volverlos estúpidos y extirparles toda forma de reflexión y de crítica. Todo ello se hace, claro está, con la desconcertante complicidad de sus padres, quienes han desistido ante el impacto de los medios modernos de comunicación. Ellos mismos compran todas las mercancías necesarias para la esclavización de su progenie. Se desentienden de la educación de sus hijos y se la dejan al sistema del embrutecimiento y de la mediocridad. Hay imágenes para todas las edades y para todas las clases sociales. Los esclavos modernos confunden esas imágenes con la cultura y con el arte. Se recurre constantemente a los instintos más bajos para vender cualquier mercancía. Y es la mujer, doblemente esclava en la sociedad presente, la que paga el precio más alto. Ella es presentada como simple objeto de consumo. La rebelión ha sido también reducida a una imagen desprovista de su potencial subversivo. La imagen sigue siendo la forma de comunicación más directa y más eficaz: crea modelos, embrutece a las masas, les miente, les infunde frustraciones y les insufla la ideología mercantil. Se trata, pues, una vez más y como siempre, del mismo objetivo: vender, modelos de vida o productos, comportamientos o mercancías, vender no importa qué, pero vender.

11. Entretenimiento. Los esclavos se divierten, pero ese divertimiento no sirve más que para distraerlos del auténtico mal que los acosa. Han dejado que hicieran de su vida cualquier cosa y fingen sentirse orgullosos de ello. Intentan lucir satisfechos pero nadie les cree; ni ante al frío reflejo del espejo, alcanzan a engañarse. Pierden su tiempo delante de personajes ficticios que los hacen reír o cantar, soñar o llorar. A través del deporte mediático, se representa el éxito y el fracaso, el esfuerzo y las victorias que el esclavo moderno ha dejado de vivir en carne propia. Su insatisfacción lo incita a vivir por encargo frente a su aparato de televisión. Mientras que los emperadores de la Antigua Roma compraban la sumisión del pueblo con pan y circo, hoy en día, es con divertimientos y consumo del vacío que se compra el silencio de los esclavos.

12. Lenguaje. El control de las conciencias es el resultado de la utilización viciada del lenguaje por la clase económica y socialmente dominante. Siendo el dueño de todos los medios de comunicación, el poder difunde la ideología mercantil a través de la definición fija, parcial y amañada que le atribuye a las palabras. Las palabras son presentadas como si fueran neutras y su definición como evidente. Controladas por el poder, designan siempre una cosa muy distinta a la vida real. Es ante todo un lenguaje de la resignación y de la impotencia, el lenguaje de la aceptación pasiva de las cosas tal como son y tal como deben permanecer. Las palabras actúan por cuenta de la organización dominante de la vida y el hecho mismo de utilizar el lenguaje del poder, nos condena a la impotencia. El problema del lenguaje es el punto esencial de la lucha por la emancipación humana. No es una forma de dominación que se añada a otra sino que es el centro mismo del proyecto de sometimiento del sistema mercantil totalitario. Es a través de la reapropiación del lenguaje y, por tanto, de la comunicación real entre las personas, que surge de nuevo la posibilidad de un cambio radical. En la efervescencia popular, la palabra hablada es re-aprendida y reinventada por extensos grupos. La espontaneidad creativa se encuentra en cada uno y nos une a todos.

13. Democracia Parlamentaria y la Ilusión del Voto. No obstante, los esclavos modernos se sienten todavía ciudadanos. Creen votar y decidir libremente quién conducirá sus asuntos, como si aún pudieran elegir. Pero, cuando se trata de escoger la sociedad en la que queremos vivir, ¿creen ustedes que existe una diferencia fundamental, entre la socialdemocracia y la derecha populista, demócratas y republicanos y entre laboristas y conservadores? No existe ninguna oposición, puesto que los partidos políticos dominantes están de acuerdo en lo esencial: la conservación de la presente sociedad mercantil. Ninguno de los partidos políticos que pueden acceder al poder pone en entre dicho el dogma del mercado. Y son esos mismos partidos los que, con la complicidad mediática, acaparan las pantallas; riñen por pequeños detalles con la esperanza de que todo siga igual; se disputan por saber quién ocupará los puestos que les ofrece el parlamentarismo mercantil. Esas pobres querellas son difundidas por todos los medios de comunicación con el fin de ocultar un verdadero debate sobre la elección de la sociedad en la que queremos vivir. La apariencia y la futilidad dominan sobre el profundo enfrentamiento de ideas. Todo esto no se parece en nada, ni de lejos, a una democracia. La forma representativa y parlamentaria que utiliza el nombre de democracia limita el poder de los ciudadanos al simple derecho de votar; es decir, a nada. Escoger entre gris claro y gris oscuro no es una elección verdadera. Las sillas parlamentarias son ocupadas en su inmensa mayoría por la clase económicamente dominante, ya sea de derecha o de izquierda. El poder es tiránico por naturaleza, sea ejercido por un rey, un dictador o un presidente electo. La única diferencia en el caso de la “democracia” es que los esclavos tienen la ilusión de elegir ellos mismos al amo que deberán servir. El voto los ha hecho cómplices de la tiranía que los oprime. Ellos no son esclavos porque existen amos, sino que los amos existen porque ellos han elegido mantenerse esclavos.

Finalmente. El sistema totalitario imperante se define entonces por la omnipresencia de su ideología mercantil. Ocupa a la vez todos los espacios y todos los sectores de la vida. No profesa más que: produce, vende, consume, acumula. Ha reducido todas las relaciones humanas a unas parcas relaciones mercantiles, y considera que nuestro planeta es una simple mercancía. La función que nos asigna es el trabajo servil. El único derecho que reconoce es el derecho a la propiedad privada. Al único dios que rinde culto es al dinero. El monopolio de la apariencia es total. Solo aparecen los hombres y los discursos favorables a la ideología dominante. La crítica de este mundo se ahoga en el mar mediático que determina qué está bien y qué está mal, lo que se puede y lo que no se puede ver. Omnipresencia de la ideología, culto al dinero, monopolio de la apariencia, partido único disfrazado de pluralismo parlamentario, ausencia de una oposición visible, represión en todas sus formas, voluntad de transformar al hombre y al mundo: He ahí la verdadera cara del totalitarismo moderno llamado “democracia”, pero que es hora de llamar por su verdadero nombre: sistema mercantil totalitario. El hombre, la sociedad y todo nuestro planeta están al servicio de esta ideología. El sistema mercantil totalitario ha logrado lo que ningún otro totalitarismo había podido: ocupar cada resquicio del planeta.

"La civilización actual está por derrumbarse, lo que debemos evitar es que nos arrastre con ella al abismo".



~ Notas de Disi Dencia ~

Reseña de "No nos los creemos. Una lectura crítica del lenguaje neoliberal", de Clara Valverde

Por Salvador López Arnal miembro del Frente Cívico Somos Mayoría
El Viejo Topo

Una cita del recientemente fallecido Agustín García Calvo abre el primer capítulo de este magnífico libro de intervención de Clara Valverde editado en la no menos excelente colección de Icaria, “Asaco”: “Con nuestra fe colaboramos para sostener la realidad. No hace falta creer. Hace falta no creer”. Este es el punto, este es el nudo esencial del libro que comentamos, del panfleto (en el mejor sentido de la palabra, que lo tiene desde luego) cuya lectura recomendamos vivamente. Eso sí, matizando ligeramente al autor del Sermón sobre el ser y no el ser, tampoco se trata, sin más, de no creer, sino de descreer lo que merece ser descreído. La inmensa estafa neoliberal, por ejemplo.

Hermann Cain fue uno de los candidatos republicanos a la presidencia usamericana en 2011. En uno de los debates se destapó con la siguiente afirmación, diseñada y estudiada previamente: “No eches la culpa a los grandes bancos, no eches la culpa a Wall Street. Si no tienes trabajo y no eres rico, échate la culpa a ti mismo.” Las frases de Cain, no fue esta la única, provocaron aplausos entusiastas entre los centenares de personas en la sala, seleccionadas previa y obviamente. Otros políticos institucionales abonan la misma senda de abyección. Afirman, por ejemplo, que “los desempleados son como alcohólicos o drogadictos: no tienen motivación para cambiar”. Dicho queda.

Las versiones rancio-hispánicas del insulto superan cuotas elevadas. “¡Qué se jodan!”, exclamó desinhibida la señora diputada Andrea Fabra, dignísima hija de su padre, y fiel colaboradora de su marido económicamente insaciable, que diría Cecilia.
Todo este lodazal de infamia le parece a Clara Valverde eso, una infamia inconmensurable que exige ser respondida y combatida. De ello nos habla en la última de sus publicaciones: No nos los creemos. Una lectura crítica del lenguaje neoliberal. De eso se trata, sostiene, de no creerlo, y de criticar, de deconstruir, el abominable lenguaje de la cosmovisión neoliberal que tantos efectos letales ocasiona.

NNLC está estructurado en siete capítulos condensados –“Pueden porque aún les creemos”; “Estrategia lingüística: culpabilizar”; “Más culpabilización: enfermas y enfermos ‘irresponsables”; “Silencio “igualdad” y género”; “Confundir, hacer dudar y despistar”; “Gobernar por el miedo”, y “Una voz urgente contra el neoliberalismo”-, se abre con un poema de Jorge Riechmann (“Palabra que muerde un trozo del pan de la verdad”) y, por si faltara algo, un prólogo de Carlos Jiménez Villarejo, que está envejeciendo maravillosamente, nos da la bienvenida. CJV apunta la finalidad del libro: “Esta obra es una necesaria contribución a la ingente tarea de desenmascarar “los abusos de poder” que tratan de presentarlos como legítimos y necesarios. El punto de partida es cómo afrontar la verdadera naturaleza de eso que, de forma tergiversada, se obstinan en llamar crisis” (p. 14). Queda dicho.

Vale la pena apuntar brevemente algunas de las tesis que la autora defiende con un lenguaje en absoluto neoliberal. Diez de las más sustantivas:

1. “El lenguaje es la primera y más necesaria arma del capitalismo neoliberal para construir y mantener un sentido común, como diría Antonio Gramsci, o para fabricar consensos, que dice Noam Chomsky” (p. 17). El lenguaje puede ser, es de hecho, un arma de despiste masivo.

2. “El lenguaje neoliberal con su tono de “todos tenemos que ser razonables”, utiliza la culpa, la duda, la confusión, la mentira y el miedo para que la población piense que lo que hacen las élites políticas y económicas es “bueno y necesario”. Si eso no es posible, intenta convencernos de que no hay ninguna alternativa” (p. 19).

3. “En el neoliberalismo se despolitizan los problemas sociales, económicos y políticos, y se abandona al ciudadano, empujándole a encontrar soluciones individuales en el mercado privado” (p. 24). El lenguaje y sus adornos publicitarios es el hilo conductor de esta estrategia.

4. ”Las desigualdades sociales y los trabajos precarios son algunos de los factores desencadenantes de los problemas de salud mental pero, en vez de ofrecer servicios socio-sanitarios para que la persona con ansiedad o depresión pueda ser escuchada, elabore su situación y reciba apoyo, se le culpabiliza y se le convierte en su propio castigador” (p.48).

5. “El no hablar de algo es otra estrategia lingüística eficaz especialmente en tiempos en los que lo que no sale en el telediario se considera que no existe. La situación dramática que viven las mujeres bajo el neoliberlismo, actualmente empeorada por el aumento de las desigualdades de género, está ausente en los medios de comunicación y en las voces de políticos y tertulianos” (p. 51).

6. “En la cultura política neoliberal que los gobiernos y élites fomentan, los ciudadanos son solo “espectadores”, gente “demasiado estúpida” para entender de política” (p. 59).

7. ”El neoliberalismo utiliza el miedo de numerosas formas, desde lo sutil a lo más directo, a través de las amenazas verbales y de la represión, para poder implantar sus políticas para enriquecer a los ya ricos, sin protestas ni interferencias de la ciudadanía” (p. 71).

8. “Las palabras hacen algo al que las escucha pero también hacen algo importante al que las dice. No sólo necesitamos aprender a escuchar y a analizar de forma crítica el lenguaje neoliberal, también necesitamos desenmascarar las manipulaciones, y sobre todo, pronunciar nuestras palabras, nuestra verdad” (p. 87).

9. “Los indígenas de Norteamérica creen que es su deber defender la tierra para las próximas siete generaciones. Nosotros, ¿para cuántas generaciones estamos dispuestos a abrir la boca y luchar?” (p. 97).

10. “Deja de esperar. El momento nos llama. Nadie ha imaginado cómo podemos llegar a ser y todo lo que podemos hacer. Esa es nuestra tara. Desertemos del lenguaje y de la mentalidad neoliberal, no nos quedemos dentro de sus fronteras. En estos tiempos: juguémonosla, agitemos, inspiremos, ocupemos las plazas. No lo aplacemos” (p. 99).

Se trata, pues, de cambiar el lenguaje (entre otras cosas) y ayudar con ello a cambiarnos a nosotros mismos y cambiar el mundo. Susan George muestra el camino: “Creo que ya no se le puede seguir llamando crisis, porque la propia definición de la palabra establece una época con principio y fin. Es un capítulo más de la lucha de clases que está en marcha, aunque la gente ahora no utiliza ese vocabulario” (El Roto, ese gran filósofo que entusiasmaba a otro gran filósofo, Francisco Fernández Buey, lo ha expresado agudamente del modo siguiente: “¡La operación ha sido un éxito: Hemos conseguido que parezca crisis lo que fue saqueo!”).

Clara Valverde ha dedicado el libro “a todas las personas que, aun teniendo miedo, luchan por la justicia y la dignidad, liberando sus mentes y su lenguaje de esquemas neoliberales”. El lenguaje y la mente de Clara, hija de aquel inolvidable profesor de estética y de mil cosas más, lo demuestra a lo largo del libro, está libre, muy libre, de ese inmenso lodazal de infames palabras e insultos clasistas e elitistas.

Se me olvidaba: lean con atención las excelentes páginas (pp. 36 y ss) que la autora dedica al coaching empresarial de ESADE, donde se inició la trama Urdagarin-Torres-Borbón. ¡Se lo pasarán en grande… y vomitarán de asco! No es contradictorio.

Salvador López Arnal es miembro del Frente Cívico Somos Mayoría y del CEMS (Centre d’Estudis sobre els Movimients Socials de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona; director Jordi Mir Garcia).



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